Adolescer y Beber
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Título: Adolescencia y alcohol
Autor: César Landaeta H.
ADOLESCENCIA Y ALCOHOL
Siempre, desde el comienzo de la historia,
la sociedad humana ha consumido bebidas
alcohólicas para celebrar o para realizar
ceremonias religiosas, terapia medicinal,
placer o recreación.
Así mismo, desde tiempos inmemoriales son
conocidos los efectos nocivos de un
consumo exagerado de ese tipo de bebidas.
Ya en escritos antiguos, en la literatura
mitológica greco – romana, y hasta en
relatos bíblicos pueden encontrarse
referencias a los resultados de una
borrachera o de una bacanal.
Los científicos en la actualidad sostienen
opiniones variadas sobre la conveniencia o
no de un consumo moderado de alcohol.
Desde aquellos que lo proscriben
totalmente, especialmente en los casos de
embarazo, hasta quienes defienden su uso
como un colaborador apropiado para ciertos
procesos fisiológicos.
De hecho, algunos investigadores han
señalado que el uso de sustancias
alcohólicas en pequeñas cantidades puede
ser un agente movilizador de lipoproteínas
de alta densidad, las cuales favorecen la
prevención de la arteriosclerosis y de los
infartos al miocardio.
El debate más reciente es sobre si los
jóvenes deberían tener acceso a ese tipo
de bebidas únicamente cuando tengan la
edad apropiada para ello, o si deberían
enseñárseles patrones adecuados y
responsables de consumo.
La discusión aumenta cuando los argumentos
chocan con preceptos legales, morales o de
índole religiosa.
Mayor complicación aún se presenta cuando
se plantea el tema de ¿Cuánto es adecuado
para un adolescente? y ¿Quién asegura la
ingesta controlada de una droga legal que
afecta precisamente a los centros
cerebrales de control, en una personalidad
inmadura que mayormente sufre por falta de
control?
Si a esto le añadimos las actitudes
negativas del adulto y los factores de
modelaje social que reciben los jóvenes,
podremos apreciar que el panorama luce
complicado antes de que lleguemos a una
conclusión definitiva.
Los jóvenes y el alcohol
Casi todas las estadísticas mundiales
muestran que el alcohol es la droga más
utilizada por la población juvenil,
incluyendo a los niños.
En años recientes el uso y abuso
alcohólico ha aumentado exponencialmente,
debido en gran medida a las condiciones
socioculturales y económicas de nuestros
países.
Las familias han perdido la consistencia
de su estructura interna a medida que la
necesidad de “producir más para vivir
mejor” se ha hecho más aguda y la
normativa social se ha vuelto más confusa
con respecto a lo que es bueno y lo que es
malo para los individuos.
Un estudio informal realizado por el autor
de este artículo junto a dos
colaboradores, en la consulta de
adolescentes del Hospital de Niños “J.M.
de los Ríos”, en la ciudad de Caracas
mostró que, de los 134 adolescentes
encuestados, con edades comprendidas entre
los 13 y 19 años, 93 reconocieron haber
ingerido bebidas alcohólicas
ocasionalmente, 42 afirmaron haber
experimentado al menos una vez,
intoxicaciones de mediana a elevada
intensidad,
33 aceptaron que consumían alcohol con una
frecuencia superior a dos veces por semana
y 8 se calificaron como bebedores de todos
los días.
Lo más llamativo de los resultados de esta
encuesta fue que de los 42 que reportaron
intoxicaciones alcohólicas de al menos una
vez, 29 fueron de sexo femenino.
El primer contacto con el alcohol se
reportó con más frecuencia alrededor de
los 11 años y el más precoz de todos
aseguró haber sufrido de una borrachera
inducida por un hermano mayor, a la edad
de 9 años.
Estas cifras obtenidas en una forma más
bien informativa para nuestra consulta en
años anteriores es posible que hayan
aumentado o al menos se hayan mantenido en
épocas más recientes.
El uso y abuso alcohólico en adolescentes
es un enorme factor de riesgo dada las
condiciones emocionales en que ellos se
encuentran y el clima de inseguridad y
violencia presente en nuestras sociedades.
La tendencia a la impulsividad, a no medir
las consecuencias de sus actos y a ceder
ante las presiones grupales hace que el
panorama sea aún más preocupante.
Un adolescente puede recurrir al alcohol
en momentos de celebración, pero con mayor
frecuencia este se convierte en un arma de
retaliación hacia los adultos
significativos, tales como los padres o
los profesores, a veces es un aliviadero
de tensiones y otras en un medio para
competir con sus compañeros o amigos.
En este último caso es cuando por lo
general se producen los casos más severos
de intoxicación etílica.
Los jóvenes, en ocasiones, apuestan a ver
quién se emborracha más rápido y en otras
a ver quién aguanta más bebida.
En cualquier caso, el beber ya no
constituye más placer que el sentir poder
sobre el grupo o sobre el compañero que lo
reta, pero en el fondo lo único que revela
es su malestar emocional y su inseguridad.
Es bien sabido por los bebedores que nada
embriaga más y de la peor manera que el
hacerlo cuando se está mal de ánimo o
cuando se toma “para olvidar”.
Esto alude al hecho de que el efecto del
alcohol está altamente influido por el
ambiente interno y externo en que se
encuentra quien bebe.
Si un joven no está ingiriendo alcohol por
el simple hecho de compartir un rato
agradable con los amigos, sino que se
encuentra en tensión o en un combate
mental con sus angustias, terminará
seguramente en una borrachera fenomenal,
enfrentado a los peligros que acarrea la
inconsciencia y la torpeza motora.
El alcohol, a medida que aumenta su
concentración en la sangre, deprime la
corteza cerebral y afecta los centros
nerviosos, dejando a las emociones casi
sin control.
Muchas de las acciones del borracho son
guiadas más por sus estructuras emotivas
que por su razonamiento.
De esta manera, y según como sean los
contenidos que comúnmente controla la
corteza será la conducta de quien ha
bebido en exceso.
En el adolescente, y en algunos adultos
también, con frecuencia aparecen
sentimientos de omnipotencia, de que el
mundo es de ellos y no hay quien los
detenga.
En esta tónica pueden acelerar a fondo un
automóvil para pasar a otro que lo retó en
la vía o creer que pueden manejar su moto
como un profesional y lanzarse en una
aventura sin retorno.
Otros sentimientos pueden ser de carácter
agresivo debido a la hipersensibilidad
común en la edad adolescente y llevarlos a
participar en una golpiza de consecuencias
impredecibles.
La sexualidad acentuada por el sistema
endocrino en la edad juvenil también es
favorecida por la ingesta alcohólica y
bajo sus efectos hay poca consciencia de
límites o de consecuencias negativas.
¿Quién puede resistirse, a los diecisiete
años y bajo la influencia alcohólica, a
una actividad sexual, cuya oferta no le
cuesta mucho encontrar en los momentos
actuales y quién se preocupa por la
protección del condón?.
Las situaciones riesgosas producidas por
el uso y abuso del alcohol en adolescentes
nos obligan a revisar nuestras actitudes y
el tipo de modelos que les transmitimos.
No es que les impidamos tomar en absoluto
o que nos privemos de un consumo que, como
dijimos al principio forma parte de casi
todas nuestras ocasiones de relax o de
celebración.
Lo que hay que enfatizar es el tema del
control.
Beber con medida puede ser agradable y no
tiene por qué acarrear ningún peligro, si
no se pierde la conciencia o la habilidad
motora (aún cuando muchos bebedores
consuetudinarios sostienen que manejan
mejor cuando han tomado bastante).
Es importante que les enseñemos a beber
sin estimularlos en ningún momento para
que lo hagan.
La gente debería tomar solamente si le
provoca y no sentirse obligados, como si
fuera una afrenta el rechazar el
ofrecimiento de una bebida.
Debemos revisar nuestros propios patrones
de consumo alcohólico. ¿Cuándo lo
hacemos?, ¿Por qué?, ¿Cómo reaccionamos
cuando hemos tomado?, ¿Cuáles son las
consecuencias más frecuentes que recibimos
de ello? Ellos nos están observando y
aprendiendo y, a veces ellos son los
receptores inmediatos de nuestro
comportamiento.
Por último, deberíamos estar bien atentos
a nuestros patrones de crianza y cómo les
tratamos en la vida cotidiana. ¿Les damos
suficiente atención?, ¿Nos preocupamos por
sus estados de ánimo?, ¿Por sus
vivencias?, ¿Por sus estados de ánimo?.
¿Nos preocupa su autoestima?, ¿Nos
informamos de sus amigos y de los grupos
que ellos frecuentan?, ¿Les damos patrones
sanos o nos comportamos "como nos da la
gana?.
Una sana actitud hacia nuestros hijos es
la mejor forma de realizar prevención y
ésta es siempre mejor que la actuación
tardía, cuando ya puede ser demasiado
tarde.
César Landaeta H.
Psicólogo Clínico. Especializado en
adolescencia y familia
celand29@yahoo.es
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