Algunos
comerciantes, sin embargo, admiten que la cárcel y su ambiente periférico
resultaban un filón de lo más apreciado. "No sé qué vamos a
hacer", menea su cabeza Ana Muñiz, tras el mostrador de "El
Refugio", parrilla que aún hoy salpica sus mesas con hombres de
uni forme y rostros desesperados. "Aquí vienen muchos guardias y
familiares de presos. Imaginate, 1.600 guardiacárceles en horarios
rotativos me mantenían el boliche a full. Cigarrillos,
comida... Siempre en movimiento".
La mujer interrumpe: se saluda con un carcelero. Le da un beso, le dice
"querido". Y vuelve para dejar una frase contundente: "En
las últimas semanas nos vinimos a pique". Muñiz tiene su
negocio por Pichincha, justo frente a la cárcel. La erradicación del
penal tuvo un antecedente complicado: hace menos de dos meses cerró
una despensa que tenía en la misma cuadra: "Los números no daban
y decidí concentrar todo aquí".
Tan lejos de su postura y tan cerca de su negocio, María Cristina Pérez
Molet (Pichincha 2037) vive en un caserón que tiene un par de patios
solariegos por donde el viento anda suelto. Enfrente, el penal se erige
como un Aconcagua flaco y lúgubre. Las ventanas de la cárcel parecen
rendijas. De fondo, llegan los zumbidos de un taladro, parte de los
trabajos previos a la demolición. "Todavía no puedo creerlo.
Esto es paz, tranquilidad —entrecierra los ojos, como si estuviera en
un spa—. Vivir frente a Caseros fue siempre una cruz. Creelo. A
las seis de la mañana empezaban los gritos, la comunicación entre
familiares y presos. Mil veces pensé en mudarme, pero con la cárcel ahí
nadie me daba ni la tercera parte de lo que cuesta la casa".
Ella vive ahí con su marido y una sobrina. Al recordar sus avatares
vecinales cuenta que los familiares de un convicto le robaron el
perro. "Fue de locos. La mujer y la hija del preso venían
siempre y se sentaban en el umbral de la puerta de casa. Nerón,
pobrecito, les ladraba. Siempre hacía lo mismo con los desconocidos.
Entonces la familia se tenía que ir a otra parte."
Un día, hace cuatro años, los ladridos del perro callejero
desaparecieron. Pensó que se había perdido. Una mañana salió a la
calle para barrer la vereda y se cruzó con la familia del preso.
"La nenita se me acercó y me dijo: ''El perrito está en casa,
eh''. Yo me enfurecí y la madre se me vino al humo. Desde ese momento
supe que Nerón ya no volvería a ser mío".
Contará que, a pedradas, los presos le rompieron tres veces la luneta
de su coche, que en el patio de adelante encontró decenas de carteras
—"se ve que las visitas también afanaban y utilizaban mi patio
como tacho de basura"— y que la vigilaban. O eso era lo que
sentía. "Un día llegó mi sobrina y me gritaron: ''Vieja, abrí
que es la nena. Que se quede un ratito y después mandámela, ¿sí?''".
La voz llegaba desde alguna ventanita del penal.
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