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circo social
Mientras los chicos hacen
piruetas en las alturas o sobre las colchonetas,
La charla con Mariana transcurre en una enorme
sala que alguna vez albergó a los trabajadores y a
las máquinas de una fábrica de artículos de goma
ubicada en Iguazú 451, en el barrio porteño de
Parque de los Patricios, zona fabril porteña por
excelencia cuando la palabra desempleo era ajena
al léxico de los argentinos. La fábrica Bruno y
Compañía, nombre que todavía está inscripto en la
parte más visible de la enorme y blanca pared de
la fachada, ahora es propiedad de la Comunidad
Hipermediática Experimental Latinoamericana (Chela),
cuyos dueños le concedieron un espacio al Circo
Social del Sur, en comodato, por un plazo de seis
años.
“El trabajo que realizamos es de formación en las
técnicas del circo, a través de una propuesta
donde el entrenamiento, la destreza y la
expresividad tienen un objetivo social, el de
preparar en la vida a los chicos y a las chicas
para que puedan desarrollar conciencia en cosas
importantes como la salud psicofísica.” De esa
manera, sostiene Mariana, intentan contribuir “a
la prevención de situaciones de riesgo social”.
Los talleres de circo se realizan en la sede de
Parque de los Patricios, pero los instructores –la
mayoría de ellos ex alumnos de la escuela– también
se trasladan a la villa 21.24 de Barracas, a la de
Ciudad Oculta o a la villa 31 de Retiro, como
también a una serie de comedores comunitarios o
asociaciones barriales de la Capital Federal, el
Gran Buenos Aires e incluso a ciudades de otras
provincias argentinas.
Carlos Rodríguez
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