Cuentan
cronistas no autorizados, aunque no se quien se
encarga de autenticar la veracidad de los
cronistas, que hacia el año mil novecientos
cincuenta Juan Barrios y Pedro Chutro tenían una
visceral, antigua y desigual enemistad.
Tal vez
los motivos se puedan rastrear hasta la niñez.
Ambos hijos de inmigrantes pobres, criados por la
calle y los potreros de Parque Patricios.
Desde
esa época quien llevaba la peor parte era Juan o
"Juancito". "Juancito
soretito", "Juancito putito" eran
los calificativos que solía recibir de parte de
Pedro y su barra, todos hinchas de Huracán,
mientras que Juancito era la minoría de Boca en
Parque Patricios. Ya entonces Pedro era un niño
mucho más voluminoso y enérgico que sistemáticamente
lo "fajaba".
En la primaria casi todos los días Pedro se
esforzaba en darle una muda y contundente lección
a Juancito, la cual, aunque Juancito no lo
apreciase era tal vez más real y útil que la
lectura y las cuentas. Era lo básico de la
educación callejera.
Luego cuando cada uno de los muchachos tuvieron
que trabajar; se podían considerar demasiado
afortunados por haber hecho el primario; los
encuentros se espaciaron, tenían trabajos
diferentes. Juancito hacía el reparto de la
verdulería de Don Giovani y Pedro era aprendíz y
repartidor en una carnicería.
Igual la
persistencia de Pedro era tal que podría pensarse
que el único objetivo o diversión de este era
hacerle la vida imposible a Juancito.
Le encantaba
esperarlo cerca de su casa y asustarlo haciéndole
pensar que lo iba a matar cualquier día de esos.
Pedro no tenía que hacer gran cosa, solo pararse
cerca de la puerta a la noche junto a su barra de
amigos, todos de Huracán.
Luego de varios años de soportar este asedio
Juancito pidió ayuda a sus amigos de la barra
brava xeneise.
El favor le costó bastante caro,
pero Juan pensaba con ello lograr paz o al menos
una tregua.
La estrategia consistió en hacerse
seguir por Pedro hasta territorio cercano a las vías
de Constitución, ese ya era terreno xeneise.
Allí
lo esperaron tres muchachos que se encargaron de
frenar a Pedro y ablandarlo un poco con palos y
cadenas.
Entonces vino lo interesante pues se hizo
cargo de todo "el Urso" Francchini, el
cual doblaba en tamaño y fuerza a Pedro.
En esa
ocasión Pedro no pudo volver sobre sus piernas a
casa. Alguien corrió la voz y unos amigos lo
fueron a buscar.
Pasó varias semanas de
convalecencia, su rostro agregó varios costurones
más a su amplia colección.
Juancito respiró
tranquilo por un tiempo.
Cuando Pedro volvió al trabajo y se cruzó con él,
no dijo nada.
Ni lo miró.
Juancito pensó que había
triunfado y siguió con sus repartos.
Se cruzaba
con Pedro pero este parecía huirle.
Juancito lo
vigilaba por el rabillo del ojo calle por medio
para estar seguro si Pedro lo vigilaba o no.
Como
alguien condicionado a recibir palos no podía
terminar de creer que su enemigo lo dejase en paz,
tal vez se había acostumbrado.
De todos modos no
tuvo oportunidad de pensarlo demasiado, pues llegó
la hora de pagar el favor a la barra de Boca.
No
fue demasiado, solo algunos cajones de frutas que
tuvo que perder por el camino y lo más
importante, un par de trabajos como campana.
En
uno de ellos estuvo a poco de caer.
Cumplidos los pagos Juancito se sintió libre por
primera vez en su vida.
Justo ahí, cuando ya se
sentía listo como para dejar atrás el miedo cayó
preso el "Urso" Francchini.
Fue una cama
muy bien preparada.
El dato había sido bueno pero
la cana comenzó a salir debajo de cada adoquín.
Le colgaron quince años por robo a mano armada.
Eso no era lo peor sino que su destino fue
Caseros, donde había muchos amigos de Pedro y los
suyos.
Al mes de estar allí El "Urso"
supo lo que son los dolores de la úlcera
perforada, pero desde afuera hacia adentro y sin
cura.
Dicen que estuvo casi dos horas retorciéndose
en el baño, rodeado por varios internos que nada
podían ni querían hacer para aliviarlo.
Juancito supo la noticia al día siguiente.
Un
enviado de la barra de Boca se lo dijo.
El mensaje
era claro y seco, desde ese momento estaba por su
cuenta.
Juancito entonces supo lo que es el miedo
tangible, mordiéndole la nuca.
Al día siguiente los recorridos de ambos se
cruzaron.
Pedro volvió a mirarlo a los ojos.
Sonrió con su boca torcida por los costurones y
lo saludó como si de amigos se tratase.
Junacito
durante dos días estuvo enfermo con fiebre,
diarrea y vómitos.
Al tercer día volvió al
trabajo entre las duras reprimendas de Don Giovani
el verdulero.
Un mes estuvo Juancito soportando el asedio de
Pedro y su barra. Se le cruzaban por el recorrido,
hacían guardia frente a la casa y a la noche
cuando llegaba a su casa Juancito siempre distinguía
recortada en la penumbra la silueta de Pedro.
Podía
sentir sus turbios ojos estrangulándolo
lentamente.
Mientras transcurría este mes pudo
sentir como la conspiración crecía a su
alrededor.
Nadie sabe como se dio la cadena de
"casualidades" tal vez alguna oscura
mano agitó los dados, pero Juancito tuvo la ocasión
y la aprovechó.
El treinta y uno de octubre del año
mil novecientos cincuenta, Don Giovani le encargó
a Juancito por primera vez ir con el camión nuevo
a buscar la fruta al mercado del Abasto.
Volviendo
del encargo con el inmenso camión Fiat cargado de
frutas desde poco más de cien metros vio a Pedro
y su barra parados en la esquina del frigorífico.
Ninguno vio venir el camión, solo lo escucharon
cuando ya lo tenían casi encima acelerando a cien
kilómetros por hora yendo directo hacia ellos.
Casi ninguno pudo reaccionar, menos que nadie
Pedro que se petrificó en un último gesto de
incredulidad y estupidez.
El inmenso camión se
incrustó en el paredón con toda su maza, el
cuerpo de Pedro quedó entre medio de los dos
materiales mucho más duros que la carne.
Junto a
él quedaron otros cuatro que aportaron confusión
al amasijo de carne.
Juancito quedó tendido en
medio de la calle pues se tiró antes del choque y
rodó sobre el empedrado rompiéndose un brazo,
varias costillas y la rodilla derecha.
A los bomberos les costó un par de días despegar
y separar los pedazos de la ex barra de amigos
tanto del camión como del paredón.
Podríamos
llamarlo un fraternal abrazo más allá de la
tumba.
A partir de ese momento es que a esa particular
masa de carne, piel, vísceras machacadas entre
dos materiales duros apenas sostenidos por girones
de tela se la llama "chutro", tal vez en
un macabro y onomatopéyico homenaje a alguien
solo memorable por su muerte.
En cuanto a Juancito, no le mejoraron las cosas en
absoluto.
Cayó casi sin escalas en la cárcel de
Caseros.
En vano fue alegar emoción violenta por
amenazas y hostigamiento o defensa propia.
Pedro y
los suyos también prestaban sus servicios a un
par de diputados y concejales peronistas.
Contra
todas la previsiones Juancito en Caseros volvió a
ser Juan, los amigos de la barra algo intentaron
pero pronto desistieron.
Juan Barros ya estaba más
allá del miedo y contaba con el apoyo de otros;
el hombre se la había jugado y la cosa se terminó,
decían los más pesados del pabellón.
Poco
tiempo duró allí Juan que a esta altura le decían
"El hombre que ríe"
Antes que llegase
la Revolución Libertadora Juan Barros había sido
internado en el Hospital Borda donde aún vive o más
bien subsiste con sus setenta y cuatro años a
cuestas.
Suele sentarse todo el día en un banco donde se
queda inmóvil sonriendo beatíficamente hasta que
es llevado por los enfermeros. Solo rompe el
silencio cuando algún interno para embromar le
pregunta:
"¡Ché Juancito! ¿Y Pedro?"
Entonces los ojos de Juancito se iluminan con un
brillo de hilaridad y solo repite con voz estentórea:
"¡Pedro Chutró! ¡¡Ja ja ja ja!! Pedro
Chutró ..."
y repite una y otra y otra vez
la misma salmodia hasta que llega el anochecer y
se calla cuando lo vienen a buscar